jueves, mayo 28, 2020

Texto: "Colecciones".

Un niño, algunos días, encontró ciertos artículos que decidió coleccionar:

Una piedra rosada de cuarzo que le recordaba el amor de su papá.

Tres cartas, una amarilla, una azul y una blanca que le recordaban a su mamá

Y enormes espacios vacíos que quería llenar con los años.

domingo, mayo 24, 2020

Texto: "Efectos del atardecer y el anochecer".

1. El atardecer encendía stratus en fuego y la noche, en el lado contrario del cielo, ennegrecía otros cirros en la sombra. 

2. Un evento similar se reflejaba sobre las aves, una salían a cazar y arremolinarse, mientras otras buscaban las profundidades de los aguacatales, duraznales y mangos.

3. En la mente y corazón había una fenomenología análoga. Se imaginaban viajes a lugares prístinos, de arquitecturas en éxtasis y armonía con la naturaleza que brillaban como una pequeña parte del sol, con ganas de recolectar semillas y, al anochecer, llevarlas a casa y pensar en su futuro en la chagra, el jardín y la huerta.

sábado, mayo 23, 2020

Texto: "Biorritmos".

Una tonada infantil de voz como chirrido, distante, se mezcla con la miel de grillos, gusanos y otros seres cantantes de viejas melodías entomológicas. Algunos reptiles y anfibios se unen como confirmando esas antiguas tonadas aprendidas de abuelos a padres y a nietos. Zumban unas alas y algún ave deja escapar su voz.

A veces se cierra o se abre una puerta, un motor truena viajando de este a oeste y el aire explota como ingenuo o infantil ante la extensión y calidad de un trueno. Algunos ladran como sabiendo muy bien lo anterior, si es burla o consejo, no lo sé.

Pronto se hace notorio el sonido profundo de mi columna cervical, cruje como un pistón y el fluido raquídeo burbujea. Responde un borborigmo tamborilero haciendo un curioso remate que se ajusta a la exhalación desde la nariz, un ritmo hermoso orquestado por el bombo cardiaco, un tempo idéntico al del más notorio grillo. 

miércoles, abril 29, 2020

Texto: "Saber".

Estaba tan lejano, dentro de las partes de mi cuerpo, lejano por reconocer mis propias ideas, ser distante es una misma sensación de ser alguien entero, brindar las ideas, recibir los gustos. Recordar los gustos y abandonar las ideas. Si pudiera cantar las ideas que mis emociones me recuerdan, un poco de la nieve, un poco del miedo, mis amores. Ya no saber qué pensar. Si alguien pudiera guiar mis pensamientos. Un poco del pasado, un humo o un gusto. Cómo me puede fascinar un objeto o una idea, o una sensación, un recuerdo, quién inventa las cosas adecuadas para sentir o una sonata para investigar la magia. Me siento dueño de unas ideas tan viejas. Lloro por amar, por volver a sentir emociones así de viejas.

Me amo hasta la lejanía.

martes, abril 28, 2020

Sueño: "Amanecer"

Una madrugada, en la labor de regresar al mundo onírico, recordé con anhelo uno de los aromas que emerge de la piel, de la espalda, el aroma del sueño y del amanecer abrazados, el contacto con la nariz y los labios.

Me sumergí en una narración visual que engrandecía las curvas cervicales y lumbares, una piel que se hizo espuma de mar tibia, salada, una ola tras otra me sumergía en el gusto de un abrazo, una costa humana detenida entre el sol del amanecer y la luna llena en el oeste, una visión de cangrejos sobre la orilla de rocas marrones, otra extensión hermosa de aquella espalda anhelada, quizá incluso el aire era también esa piel que me envolvía y ensoñaba.

Me solté en esa costa y pude besar con todo mi ser aquel instante eterno de ser una sola expresión de la vida y sentir un pequeño rasgo del infinito amor de existir entre olas tibias, rocas delicadas, viento estático y a la luz del fuego de los astros.

Desperté con la soledad más nutritiva posible.

miércoles, octubre 16, 2019

Texto: "Vapores".

Estaba siendo recorrido por una embriaguez emocional, un amor de hongos y una euforia de miel. Destapar el tinajo de las heridas resposadas, el añejo licor que se cuece enterrado en el ombligo, oler las frutas y saborear los taninos que se curten al ritmo del corazón.

Tu voz se hacía un timbre con colores, veía los sentimientos del sonido de tus palabras, lentamente se nutrían de volumen material y distinguía una mano hermosa, que sostenía una escudilla llena del licor herido, me lo entregaba sobre los labios, empapando las capas de piel y miedo. Yo sorbía.

La mano parecía una mezcla de la palma de mi madre y el dorso de mi padre.

Entendía que esa sopa en la que nos cocinamos al calor del cuerpo y el sudor, era la mezcla más ruda de amor y de carencias.

Pude ver tu ombligo borbotante de anís y menta, se volcaba en la sopa, junto con mis licores. Vaporoso baño en el que nos limpiamos el corazón y vaciamos los ombligos.

miércoles, mayo 29, 2019

Texto: "Epifanía de una memoria"

Yacía terriblemente consciente en los laureles y montes que rodeaban nuestra cama, indistinguible cualidad entre sueño o vigilia, aunque lúcido y voluntario. Sobre la cama escurría un ámbar sedoso, dulce y perfumado, goteaba desde tus ojos tristes que se confundían con las pupilas de las estrellas, decoración hermosa del cielo. El ámbar que nos humedecía las pantorrillas y lavaba las manos, también nutría los laureles, que comenzaron a murmurar tu nombre, un nombre sin elocuencia, integrado por tersos y plurales sonrisas, murmuraciones únicamente perceptibles para mi corazón de maíz y nuez.

Lloramos.

Y con el sabor a romero que salía de tus dientes fui guiando mis yemas en lectura del cabello, desde las costas hasta la hondura de esas sienes relucientes donde me detuve, expectante del romero que me abrazó y sumergió en  tu océano, ósculo deconstructor de identidad y realidad.

Y arrollados por el remolino de brasas, ceniza y llamas, nos cocinamos en un solo alimento que se devora a sí mismo, indistinguible, pero sutil y bello.

Perdí la noción de cuánto te amo.

martes, diciembre 04, 2018

Relato: "Experiencia de despedida".

Es mañana no fumé ni un pipazo, solo me sorbí como mejillones unas cubatas exhaustas y viejas, tibias. A medida que se vaciaba mi habitación, se sorbían las cubatas, mordisqueaba unos bananos y se llenaban las maletas y la mochila. La otra mitad de pertenencias las dejaba en la habitación vecina, del señor vecino.

Permiso, solo le dejo estas cosas mi buen, la guitarra, la lámpara de mesa y las almohadas, por estas cosas regreso. Lo demás se lo regalo. El vecino, al oírme salió, como despertando, de su absorción diazepámica, y simulando un gesto de ayuda me dejó pasar a sembrar en un rincon mis pertenencias. 

¿A qué hora se va mi buen? — me preguntó.
Ya en una hora don Edgar. — respondí entre labios torpes de ron.
Ah mire mi buen que me quedo triste — me tartamudeó mientras buscaba algo en la repisa más cercana.

Yo empezaba a tener la premonición de lágrimas y mocos y quedé en silencio saboreando la cubata y buscando el puro.

Se voltea mi vecino, sonriente y aliviado, extiende su brazo y su mano empuñada con el dorso hacia arriba, gesto incuestionable que se responde abriendo la palma de la mano propia debajo del puño ajeno. Recibo con gusto 10 mg de diazepam y 5 de lorazepam. Y mientras recibía en mi palma las pastas, con mi izquierda hallaba el puro que había conservado para despedirme.

Pasamos a mi habitación: quedaban las camas, las mesas, la tele, dos maletas y una mochila. Quedaban cientos de fantasmas humanos y animales. Quedaban las vibras resonando energéticamente. Un último sorbo de ron con pastas y un cerillo que usaba mi vecino para encender el puro. Una charla de adioses y las lágrimas y los mocos entre el humo y las nubes del cielo que fueron esos meses en el lago.

viernes, junio 15, 2018

Texto: "Descripción de un hombre a la luz de un discreto bombillo incandescente".

Es un hombre de mediana edad, cincuenta y tantos. Su semblante, de lejos, no aporta nada inusual, quizá un hálito informal, entre aburrido o totalmente atento, distinción imposible de efectuar. Anormalmente rasusado pero poco prolijo muestra los tercios inferiores de su rostro iluminados por la discreta bombilla incandescente: menton cuadrado poco prominente, bien mezclado con su continuación mandibular, unos labios resecos con parches blancos y rojos, casi queratosos. Un filtrum sudoroso, al igual que su gorda nariz, que demuestra haber crecido por más tiempo y a mayor ritmo que los demás componentes faciales. Sus pómulos aceitunados, alcohólicos y con un toque a lenteja, resaltan únicamente gracias a las, por poco, invisibles lágrimas que vertían las glándulas cercanas al globo ocular, los cuales descansaban a la sombra del gorro policiaco que impedía la llegada fotónica del discreto bombillo incandescente.

La mediana edad del hombre se recomocía bien en ese rostro de berengena, pero era su cuerpo el que confirmaba su transcurrido a través del tiempo en un viaje sin reversa o retorno. Sin embargo, ninguna cualidad corpórea descriptible, o si quiera perceptible, podría condensarse acá para justificar los cincuenta y tantos años del hombre de sombrero policíaco. Aunque bien hago al decir que su vestimenta nada tenía de policiaco, la cual recordaba más a algún electricista o tecnico de aire acondicionado. Sin embsrgo, se sabe que la vestimenta era por su naturaleza ecléctica y su gusto por la imitación. 

En sus manos poseía un único objeto que será descrito posteriormente. Ahora nos compete descubrir lo que sostiene en su mano vacía ( la derecha ). De acuerdo a un exhaustivo análisis de su olor físico (salado, a tierra y con fragmentos de pan tostado y cabello quemado hace unos minutos por usar un encendedor queriendo compensar la escasez luminosa del discreto bombillo incandescente), de sus iris oculares, y de sus ritmos espiratirios pueden ser tres los candidatos sostenidos por su vacía mano: 1) produnda melancolía de veinticinco años reposada, 2) secreciones nasales mixtas, 3) el apego hacia una mascota, quizá un loro, extraviado en un tren tomado hace cuatro quincenas.

El hombre pisaba el suelo recargando un porcentaje mayor de su peso en su pierna izquierda, hábito antiguo acentuado por una hernia lumbar leve desarrollada el año pasado al cargar una preocupación magnánima, quiza asociada a su melancolía reposada por veinticinco años. 

El calzado que vestía no lo vestía.

En su otra mano llevaba una marchita flor no identificable, muy mal conservada, maloliente de cierta manera. Único elemento inexplicable de su constitución. 

martes, enero 09, 2018

Relato: "Ave".

Un ave posada en el extremo firme de una lánguida y difuminada rama cantó algunas notas irregulares, un tono complejo pero cargado gravemente con densas matices desesperadas. Aleteó fuertemente sin soltar el extremo firme de la torcida madera, doblándola en sentido opuesto a la que el viento ya forzaba la dirección de la crujiente rama.

El ave repitió el canto, repitió el aleteo y al quinto intento, cuando más simulaba soltarse de la rama y fluir con la voluntad de la niebla y el viento, se detuvo en un paroxístico arrebato de quietud y templanza. Estoica, el ave, en la irregular rama, quedó inmóvil, en silencio preternatural.

La rama pertenecía a un árbol de hábito otoñal, sin hojas, azulado, mate y opaco; con impresión triste, como abandonado por todo, inmerso en una solitud involuntaria, muerto para el ojo no entrenado. Plagado de texturas inexplicables, extrañamente móviles, una madera que parecía esponjosa y húmeda pero metálica y pulida también. Tapizado de daños animales, golpes climáticos, furias fúngicas y cicatrices cósmicas.

La vacuidad del cuadro donde yacía plasmada la fractalidad del otoño, del árbol y el ave me hizo entender, a modo de reflejo: un espejo pintado hace mucho tiempo, que esa vacuidad era yo. Una sensación presente que se manifestaba a través de estas herramientas conductoras de la mente que impregnaban la pintura.