Me enteré que soy un villano que pensaba ser una buena persona.
lunes, abril 08, 2013
jueves, marzo 21, 2013
Especulaciones.
1. Trata a los demás bien, a pesar de todo.
2. Trata a los demás como quieres que te traten.
3. Trata a los demás como te traten.
3.1 Trátalos bien, como te tratan ellos.
3.2 Trátalos mal, como te tratan ellos.
4. Trátalos mal antes que ellos lo hagan.
5. No trates a los demás.
¿Cuál es la forma más adecuada social y psicológicamente de comportarse frente a las interrelaciones, a modo de buscar la satisfacción personal y ajena?.
2. Trata a los demás como quieres que te traten.
3. Trata a los demás como te traten.
3.1 Trátalos bien, como te tratan ellos.
3.2 Trátalos mal, como te tratan ellos.
4. Trátalos mal antes que ellos lo hagan.
5. No trates a los demás.
¿Cuál es la forma más adecuada social y psicológicamente de comportarse frente a las interrelaciones, a modo de buscar la satisfacción personal y ajena?.
martes, marzo 12, 2013
Cuento: "Obrar de formas misteriosas."
Terminé mi lata de jugo y comencé la caminata hacia el teatro nacional. Recién bajaba del transmetro en la zona cuatro, en la 24 calle.
Pensaba en una que otra estupidez, algún chiste, recordando canciones. Caminaba lentamente, no por cansancio, sino por pura gana de disfrutar la caminata. Mientras subía noté un carro con luces de emergencia encendidas, que ya comenzaba a causar cierto embotellamiento en el área.
Al acercarme, el copiloto bajó del automóvil e inició una clásica maniobra indicativa de un automóvil que no enciende. ¡A empujar! Pobre hombre, tuve que ayudarlo, pero no por lástima, sino por esa sincera expresión de caridad hacia el prójimo guatemalteco que es tan humano como vos y yo.
¿Le doy una mano jefe? - Pregunté mientras me acercaba trotando a ayudarlo a empujar el automóvil.
Buena onda rey, gracias - respondió.
Empujamos hacia adelante, como arrimándonos al carril auxiliar; pero la inhabilidad del piloto (y el hecho de que el timón hidráulico perdió esa característica al estar apagado el automóvil) tuvimos que empujar 'en retroceso' para enderezar el automóvil. Al cabo de unos minutos, una hábil demostración de trabajo en equipo y fortaleza masculina, terminó. ¡buenísima onda mano, gracias!
Me marché con una sonrisa y cierta satisfacción. Fue un buen rato en el día.
Al cabo de 20 pasos más o menos, un motorista sin chaleco ni placas, pero con casco se asomó a mí y me asaltó. Perdí mi celular y billetera.
Sólo vino a mi mente la frase 'obra de formas misteriosas'.
Pensaba en una que otra estupidez, algún chiste, recordando canciones. Caminaba lentamente, no por cansancio, sino por pura gana de disfrutar la caminata. Mientras subía noté un carro con luces de emergencia encendidas, que ya comenzaba a causar cierto embotellamiento en el área.
Al acercarme, el copiloto bajó del automóvil e inició una clásica maniobra indicativa de un automóvil que no enciende. ¡A empujar! Pobre hombre, tuve que ayudarlo, pero no por lástima, sino por esa sincera expresión de caridad hacia el prójimo guatemalteco que es tan humano como vos y yo.
¿Le doy una mano jefe? - Pregunté mientras me acercaba trotando a ayudarlo a empujar el automóvil.
Buena onda rey, gracias - respondió.
Empujamos hacia adelante, como arrimándonos al carril auxiliar; pero la inhabilidad del piloto (y el hecho de que el timón hidráulico perdió esa característica al estar apagado el automóvil) tuvimos que empujar 'en retroceso' para enderezar el automóvil. Al cabo de unos minutos, una hábil demostración de trabajo en equipo y fortaleza masculina, terminó. ¡buenísima onda mano, gracias!
Me marché con una sonrisa y cierta satisfacción. Fue un buen rato en el día.
Al cabo de 20 pasos más o menos, un motorista sin chaleco ni placas, pero con casco se asomó a mí y me asaltó. Perdí mi celular y billetera.
Sólo vino a mi mente la frase 'obra de formas misteriosas'.
viernes, febrero 15, 2013
Soy una persona...
...buena, que vive noticias malas, experiencias trágicas, momentos tristes y ratos desagradables entre espacios alegres, tiempos libres, situaciones felices e instantes amorosos. La vida es parte de la muerte y la muerte es parte de la vida.
domingo, febrero 03, 2013
Incapacidad.
De escribir sobre lo que se quiere, siendo libre de prosar (sí, acabo de conjugar 'prosa') sobre lo que uno desee.
Y repito que no son secretos, son confidencias. Pero dan ganas de escribir sobre eso. Fin.
Y repito que no son secretos, son confidencias. Pero dan ganas de escribir sobre eso. Fin.
lunes, enero 14, 2013
Cuento: "Navegante" (Segunda Narración)
En puerto real, la tormenta había dejado escombros en cada rincón, escombros físicos y psicológicos en todo el pueblo, un pueblo antes espléndido ahora se basaba en tristeza y llanto.
Hice lo posible para acercarme a la costa y ayudar a la muchacha a bajar de mi bote, quien me hizo prometer regresar por ella, para navegar lejos. Le dije que haría lo posible, pero también le mencioné que tenía trabajo y demás cosas qué hacer para ganarme la vida. Se lo dije con ese tono de 'quiero quedarme contigo, pero perdí la pasión de vivir'. Y al voltear a verla, noté que sus ojos tenían esa incandescencia que no observaba en mí desde hace varios meses, la vi con las manos apretadas, como con furia, y su voz, que con un tono quijotesco de convicción y pureza rayando en locura, me dijo '¿Acaso no tienes ya la vida, por qué debes ganártela?'.
Me quedé con muchas palabras por decir, pero totalmente desarticuladas, sin sentido gramatical posible de ordenar, pero completamente lleno de sentido en mi mente. Me despedí besando su mano izquierda, a nivel del hueso navicular (o escafoides), rozando el lunate y sosteniendo el pisiforme. No dije más.
De regreso, noté los restos de los naufragios, que estaban esparcidos o desaparecidos o rotos.
Continué pensando en esa frase, ya tenía la vida... Llegué al muelle de mi casa, o mejor dicho, no llegué al muelle de mi casa, debido a que la tormenta lo había hundido todo. Tomé un vaso de ron y me dormí sin pensar en nada más, ya estaba dicho, regresaría a puerto real y me iría con la muchacha a pescar, estaría con ella y conocería nuevas aguas para encontrar peces. Y así fue.
Su nombre era Sara, sabía que amaba el mar, el viento, la sal, y en algún punto, amaba los pies descalzos sobre playas arenosas. Uno de esos espíritus libres que irradia amor a la vida. Fue por ella que aprendí a disfrutar de todo lo que una sola persona tiene para ofrecer, más allá de riquezas y conocimientos, me ofreció ese algo que no se puede (o no puedo yo) plasmar en esta burda redacción, ese algo que se vive pero no se explica (y por lo tanto, no pidan explicaciones).
Pasamos casi un año viajando, cada día más lejos, tan lejos... que terminamos en un paraje extraviado en el fin del mundo, a día y medio de navegar, un pueblo recóndito, insípido, ignorante, atrasado... pero tan cálido que me sentí en un hogar. Esa noche los habitantes nos recibieron como regalos del cielo, con su rústico español nos dieron la bienvenida, nos ofrecieron alimentos, alegría y comodidad. Al amanecer del siguiente día, yo permanecía con Sara, sentados en la playa, sin hablarnos... abrazados vimos los miles de destellos que el mar reflejaba desde un Sol inmaduro que terminaba de cortejar a la Luna, y nos daba un espectáculo natural bellísimo. Nosotros nos observábamos, nos decíamos todo con las miradas, con los labios, pero ninguno de los dos nos atrevimos a nada más. Nos enamorábamos en silencio y con ese miedo de el amor puro... desde ese instante nos dejamos de hablar.
Pasado un día navegando de regreso a puerto real, la tensión continuaba, nuestras bocas permanecían silenciosas, nuestras miradas eufóricas, tan cercanos, pero tan lejos el uno del otro.
Al fin llegamos a puerto real, no amarré mi bote, sólo lo detuve, me dirigí hacia Sara, la tomé de las manos, la vi a los ojos, me acerqué a ella, así fue como sus ojos se cerraron, se aceleró su respiración, zafó sus manos de las mías, acaricié su rostro y en ese momento, en ese momento tan cercano, ella volteó, saltó al muelle y corrió lejos.
Volví a casa y dormí sin más qué pensar que en ella.
Desperté con el mismo pensamiento (ella), me apresuré a navegar hacia puerto real, la esperé hasta media noche, regresé a casa y dormí sin más qué pensar que en ella. Y esto se repetía cada día, su ausencia y mi dedicación. Ella había desaparecido y yo parecía desaparecer también.
Hice lo posible para acercarme a la costa y ayudar a la muchacha a bajar de mi bote, quien me hizo prometer regresar por ella, para navegar lejos. Le dije que haría lo posible, pero también le mencioné que tenía trabajo y demás cosas qué hacer para ganarme la vida. Se lo dije con ese tono de 'quiero quedarme contigo, pero perdí la pasión de vivir'. Y al voltear a verla, noté que sus ojos tenían esa incandescencia que no observaba en mí desde hace varios meses, la vi con las manos apretadas, como con furia, y su voz, que con un tono quijotesco de convicción y pureza rayando en locura, me dijo '¿Acaso no tienes ya la vida, por qué debes ganártela?'.
Me quedé con muchas palabras por decir, pero totalmente desarticuladas, sin sentido gramatical posible de ordenar, pero completamente lleno de sentido en mi mente. Me despedí besando su mano izquierda, a nivel del hueso navicular (o escafoides), rozando el lunate y sosteniendo el pisiforme. No dije más.
De regreso, noté los restos de los naufragios, que estaban esparcidos o desaparecidos o rotos.
Continué pensando en esa frase, ya tenía la vida... Llegué al muelle de mi casa, o mejor dicho, no llegué al muelle de mi casa, debido a que la tormenta lo había hundido todo. Tomé un vaso de ron y me dormí sin pensar en nada más, ya estaba dicho, regresaría a puerto real y me iría con la muchacha a pescar, estaría con ella y conocería nuevas aguas para encontrar peces. Y así fue.
Su nombre era Sara, sabía que amaba el mar, el viento, la sal, y en algún punto, amaba los pies descalzos sobre playas arenosas. Uno de esos espíritus libres que irradia amor a la vida. Fue por ella que aprendí a disfrutar de todo lo que una sola persona tiene para ofrecer, más allá de riquezas y conocimientos, me ofreció ese algo que no se puede (o no puedo yo) plasmar en esta burda redacción, ese algo que se vive pero no se explica (y por lo tanto, no pidan explicaciones).
Pasamos casi un año viajando, cada día más lejos, tan lejos... que terminamos en un paraje extraviado en el fin del mundo, a día y medio de navegar, un pueblo recóndito, insípido, ignorante, atrasado... pero tan cálido que me sentí en un hogar. Esa noche los habitantes nos recibieron como regalos del cielo, con su rústico español nos dieron la bienvenida, nos ofrecieron alimentos, alegría y comodidad. Al amanecer del siguiente día, yo permanecía con Sara, sentados en la playa, sin hablarnos... abrazados vimos los miles de destellos que el mar reflejaba desde un Sol inmaduro que terminaba de cortejar a la Luna, y nos daba un espectáculo natural bellísimo. Nosotros nos observábamos, nos decíamos todo con las miradas, con los labios, pero ninguno de los dos nos atrevimos a nada más. Nos enamorábamos en silencio y con ese miedo de el amor puro... desde ese instante nos dejamos de hablar.
Pasado un día navegando de regreso a puerto real, la tensión continuaba, nuestras bocas permanecían silenciosas, nuestras miradas eufóricas, tan cercanos, pero tan lejos el uno del otro.
Al fin llegamos a puerto real, no amarré mi bote, sólo lo detuve, me dirigí hacia Sara, la tomé de las manos, la vi a los ojos, me acerqué a ella, así fue como sus ojos se cerraron, se aceleró su respiración, zafó sus manos de las mías, acaricié su rostro y en ese momento, en ese momento tan cercano, ella volteó, saltó al muelle y corrió lejos.
Volví a casa y dormí sin más qué pensar que en ella.
Desperté con el mismo pensamiento (ella), me apresuré a navegar hacia puerto real, la esperé hasta media noche, regresé a casa y dormí sin más qué pensar que en ella. Y esto se repetía cada día, su ausencia y mi dedicación. Ella había desaparecido y yo parecía desaparecer también.
lunes, enero 07, 2013
Cuento: "Navegante" (Primera Narración)
En una antigua tierra regida por una monarquía exquisita en amor y justicia, vivía un joven navegante, principiante e inexperto en la materia, pero lleno de entusiasmo por la vida en el mar. Vivía de la pesca día a día, a pesar de los malos días y a pesar de los pésimos, y aunque no lo crean, a pesar de los días que ni pescaba. Esto, porque en sus ratos libres transportaba personas de puerto en puerto, de playa en playa y de costa en costa, o bien, de playa a costa, o de costa a puerto, o de puerto a playa, y así todas las posibilidades este navegante se las manejaba.
Y fue este ocio cual oficio el que lo llevó a vivir la historia que estoy a punto de narrar.
Después de casi dos semanas de mala pesca, el navegante decidió quedarse en el puerto en que solía dejar su bote en lugar de salir a pescar. No pensaba en hacer negocio ese día, simplemente quería descansar su mente de toda la mala fortuna salitrosa que había vivido en los últimos días. Se quedó meditando y pensando en sus difuntos padres, recordando su infancia y haciendo las cuentas sobre los gastos por hacer, la comida, la ropa, el ron, la música, y todo eso que necesita un navegante para vivir. Esa misma tarde, cuando el Sol incendiaba las nubes, en ese momento en que el navegante terminaba de divagar en su mente, en el momento en que el mar se torna rojo y la marea parece eterna, en ese momento llegó un cliente.
Una muchacha aparentemente pobre, con ropas enlodadas hasta por la superficie interna, me atrevería a decir que tenía lodo hasta debajo de la lengua, pero mejor no, no me atrevo a afirmar eso. Una muchacha de ojos negros, cabellos aún más negros, piel bronceada, aunque, se notaba, sumamente delicada, además de estar aún más enlodada que sus ropas. Esta muchacha, agitada se me acercó con un aire de desesperación y pena.
- ¡Lléveme a puerto real!
- Buenas tardes señorita, no estoy llevando gente, pregunte a otro bote.
- No hay más botes.
Volteé a mi alrededor, y en efecto, era el único navegante con bote amarrado a muelle, al parecer, una gran tormenta se avecinaba y todos habían amarrado en muelles más seguros, pero yo estaba entretenido en mi romanticismo del ocaso de mi vida, digo, de ese día y jamás noté la tormenta acercándose. De cualquier modo, accedí a llevar a la muchacha a puerto real, ya que ofrecía pagarme bien, y personalmente no me importaba qué fuera a hacer al puerto de la ciudadela real, la paga era buena y no tenía nada mejor qué hacer.
Después de 5 minutos de viaje, era evidente que la muchacha jamás había subido a un bote, sentido la brisa marina ni dormido en al menos tres días. Puerto real quedaba a una hora navegando a través del estrecho, que en tiempo normal es completamente inocuo para todos, pero con la tormenta que arreciaba a cada segundo, nuestras vidas se veían en gran peligro. La joven muchacha, aunque quizá no más joven que yo, yacía profundamente dormida, inconsciente, casi en estado comatoso en la cubierta (claro, como si fuera un navío gigantesco) de mi bote. Decidí amarrar en un puerto privado, esperando que los señores de la casa nos proveyeran cobijo y calor para pasar la tormenta.
Anclé el bote, lo dejé en manos de Dios, desperté a la muchacha y nos dirigimos al pórtico de la casa, que por cierto era sumamente elegante, aunque notoriamente descuidada, y peor aún (o tal vez, mejor aún) deshabitada, al menos por esa noche. Entramos sin permiso, encendimos la leña de la chimenea, tomamos prestados unos abrigos y pasamos la noche. (Y disculpen mi abuso de párrafos cortos)
Hablamos y hablamos toda esa noche, mientras la tormenta inundaba la bahía, botaba palmeras y azotaba la casa, nosotros conversábamos, o más bien, yo narraba viajes y ella escuchaba cual nieta de 4 años cautivada por las historias del abuelo. Nos conectamos como si fuéramos viejos amigos de franca amistad. Sin embargo, nunca pregunté su nombre, su edad, su procedencia ni sus motivos, pero lo que sí llegué a saber con exactitud, certeza y plenitud es que ella quería saber del mundo, quería navegar más, quería vivir lejos, sentir nuevas formas de libertad, conocer parajes y horizontes, puestas de Sol y Lunas a medianoche.
A la mañana siguiente había pasado el bramido de la naturaleza hecho tormenta, salimos y todo parecía nuevo, el bote seguía amarrado, aunque parte del muelle ya no existía en ese mismo espacio. Incluso la casa parecía más limpia. En fin, al estar desamarrando el bote y buscar posibles daños, noté que la muchacha dejó una nota y monedas en el buzón, supongo que a modo de agradecimiento anónimo por la estadía y resguardo esa noche.
Zarpamos a puerto real.
Y fue este ocio cual oficio el que lo llevó a vivir la historia que estoy a punto de narrar.
Después de casi dos semanas de mala pesca, el navegante decidió quedarse en el puerto en que solía dejar su bote en lugar de salir a pescar. No pensaba en hacer negocio ese día, simplemente quería descansar su mente de toda la mala fortuna salitrosa que había vivido en los últimos días. Se quedó meditando y pensando en sus difuntos padres, recordando su infancia y haciendo las cuentas sobre los gastos por hacer, la comida, la ropa, el ron, la música, y todo eso que necesita un navegante para vivir. Esa misma tarde, cuando el Sol incendiaba las nubes, en ese momento en que el navegante terminaba de divagar en su mente, en el momento en que el mar se torna rojo y la marea parece eterna, en ese momento llegó un cliente.
Una muchacha aparentemente pobre, con ropas enlodadas hasta por la superficie interna, me atrevería a decir que tenía lodo hasta debajo de la lengua, pero mejor no, no me atrevo a afirmar eso. Una muchacha de ojos negros, cabellos aún más negros, piel bronceada, aunque, se notaba, sumamente delicada, además de estar aún más enlodada que sus ropas. Esta muchacha, agitada se me acercó con un aire de desesperación y pena.
- ¡Lléveme a puerto real!
- Buenas tardes señorita, no estoy llevando gente, pregunte a otro bote.
- No hay más botes.
Volteé a mi alrededor, y en efecto, era el único navegante con bote amarrado a muelle, al parecer, una gran tormenta se avecinaba y todos habían amarrado en muelles más seguros, pero yo estaba entretenido en mi romanticismo del ocaso de mi vida, digo, de ese día y jamás noté la tormenta acercándose. De cualquier modo, accedí a llevar a la muchacha a puerto real, ya que ofrecía pagarme bien, y personalmente no me importaba qué fuera a hacer al puerto de la ciudadela real, la paga era buena y no tenía nada mejor qué hacer.
Después de 5 minutos de viaje, era evidente que la muchacha jamás había subido a un bote, sentido la brisa marina ni dormido en al menos tres días. Puerto real quedaba a una hora navegando a través del estrecho, que en tiempo normal es completamente inocuo para todos, pero con la tormenta que arreciaba a cada segundo, nuestras vidas se veían en gran peligro. La joven muchacha, aunque quizá no más joven que yo, yacía profundamente dormida, inconsciente, casi en estado comatoso en la cubierta (claro, como si fuera un navío gigantesco) de mi bote. Decidí amarrar en un puerto privado, esperando que los señores de la casa nos proveyeran cobijo y calor para pasar la tormenta.
Anclé el bote, lo dejé en manos de Dios, desperté a la muchacha y nos dirigimos al pórtico de la casa, que por cierto era sumamente elegante, aunque notoriamente descuidada, y peor aún (o tal vez, mejor aún) deshabitada, al menos por esa noche. Entramos sin permiso, encendimos la leña de la chimenea, tomamos prestados unos abrigos y pasamos la noche. (Y disculpen mi abuso de párrafos cortos)
Hablamos y hablamos toda esa noche, mientras la tormenta inundaba la bahía, botaba palmeras y azotaba la casa, nosotros conversábamos, o más bien, yo narraba viajes y ella escuchaba cual nieta de 4 años cautivada por las historias del abuelo. Nos conectamos como si fuéramos viejos amigos de franca amistad. Sin embargo, nunca pregunté su nombre, su edad, su procedencia ni sus motivos, pero lo que sí llegué a saber con exactitud, certeza y plenitud es que ella quería saber del mundo, quería navegar más, quería vivir lejos, sentir nuevas formas de libertad, conocer parajes y horizontes, puestas de Sol y Lunas a medianoche.
A la mañana siguiente había pasado el bramido de la naturaleza hecho tormenta, salimos y todo parecía nuevo, el bote seguía amarrado, aunque parte del muelle ya no existía en ese mismo espacio. Incluso la casa parecía más limpia. En fin, al estar desamarrando el bote y buscar posibles daños, noté que la muchacha dejó una nota y monedas en el buzón, supongo que a modo de agradecimiento anónimo por la estadía y resguardo esa noche.
Zarpamos a puerto real.
domingo, diciembre 02, 2012
Cuento: "Las vidas"
La vida es tan bella a esta edad. Ya pasé la niñez, en la que la consciencia no existe conscientemente, ya pasé la pubertad, época en la que todavía eres un niño para hacer cosas de adultos, pero ya eres adulto como para hacer cosas de niños, terminé la adolescencia y ya soy, como dice la sociedad, 'un adulto joven'. Lo que los psicólogos llaman la juventud plena.
Crecí siendo un crédulo e inocente niño, al que le robaban sus juguetes diciéndome que era un 'préstamo'. Querido por los profesores, amante de la naturaleza. En mi primaria fui inteligente por naturaleza, pero jamás le hallé gusto a la escuela, aunque, fui abanderado en esa etapa. Al seguir creciendo me hice 'el chistoso' y me adaptaba en general en cualquier grupo. Crecí casi autodidacta, y siempre se me inculcó el respeto hacia todo, la educación hacia todos y la convicción en todo. Me emborraché muchas veces, me enamoré más veces, tuve sexo e hice el amor. Estudié por encanto al aprendizaje, no por gusto a lo que estudiaba. Me peleé con amigos y me reventé los labios y los nudillos muchas veces. Trabajé como vacacionista en un par de ocasciones. Me hice de mi propia idea de qué es Dios. Todo eso me hizo el muchacho que soy hoy.
Esta es mi vida, es lo que soy, lo que quiero, lo que tengo.
Hoy, mi enamorada me llama para ir al cumpleaños de su mejor amiga. ¿cómo negarme?. Sé que me espera mucha cerveza, un poco de tabaco, buena música y, quizá, una noche alocada.
En fin, no les cuento los detalles, pero sí les digo fue un lujo de noche, un buen cumpleaños. De todas maneras ya era hora de irnos... irnos al puerto, en el interior del país, a seguir con el festejo. No sé ustedes, pero yo siento que en el mar todo parece ser más calmado, incluso las ideas tienen cierta tranquilidad exclusiva de esa área salitrosa y arenosa.
A los días regresé al apartamento, me cociné algo para cenar con mi novia. Nos fuimos a la cama, nos acostamos, nos amamos, nos desvelamos y luego nos dormimos... pasó la noche, la madrugada y la mañana.
Al otro día abrí los ojos y ahí estaba mi hijo Julio, de unos 50 años ya. Acompañándome en mi supuesta agonía, en la incómoda camilla del sanatorio de algún lugar que no recuerdo. Siempre me platicaba de su familia, de mis nietos, de mi nuera, de gente que no conocía o que había olvidado, y es que en realidad aún no decido quién soy de verdad, qué es real y qué es un sueño. Porque ahí estaba yo, de 96 años de edad, comiendo gelatina y esperando mi muerte, olvidado de todo, sin saber nada sin poder decidir qué vida vivir.
Crecí siendo un crédulo e inocente niño, al que le robaban sus juguetes diciéndome que era un 'préstamo'. Querido por los profesores, amante de la naturaleza. En mi primaria fui inteligente por naturaleza, pero jamás le hallé gusto a la escuela, aunque, fui abanderado en esa etapa. Al seguir creciendo me hice 'el chistoso' y me adaptaba en general en cualquier grupo. Crecí casi autodidacta, y siempre se me inculcó el respeto hacia todo, la educación hacia todos y la convicción en todo. Me emborraché muchas veces, me enamoré más veces, tuve sexo e hice el amor. Estudié por encanto al aprendizaje, no por gusto a lo que estudiaba. Me peleé con amigos y me reventé los labios y los nudillos muchas veces. Trabajé como vacacionista en un par de ocasciones. Me hice de mi propia idea de qué es Dios. Todo eso me hizo el muchacho que soy hoy.
Esta es mi vida, es lo que soy, lo que quiero, lo que tengo.
Hoy, mi enamorada me llama para ir al cumpleaños de su mejor amiga. ¿cómo negarme?. Sé que me espera mucha cerveza, un poco de tabaco, buena música y, quizá, una noche alocada.
En fin, no les cuento los detalles, pero sí les digo fue un lujo de noche, un buen cumpleaños. De todas maneras ya era hora de irnos... irnos al puerto, en el interior del país, a seguir con el festejo. No sé ustedes, pero yo siento que en el mar todo parece ser más calmado, incluso las ideas tienen cierta tranquilidad exclusiva de esa área salitrosa y arenosa.
A los días regresé al apartamento, me cociné algo para cenar con mi novia. Nos fuimos a la cama, nos acostamos, nos amamos, nos desvelamos y luego nos dormimos... pasó la noche, la madrugada y la mañana.
Al otro día abrí los ojos y ahí estaba mi hijo Julio, de unos 50 años ya. Acompañándome en mi supuesta agonía, en la incómoda camilla del sanatorio de algún lugar que no recuerdo. Siempre me platicaba de su familia, de mis nietos, de mi nuera, de gente que no conocía o que había olvidado, y es que en realidad aún no decido quién soy de verdad, qué es real y qué es un sueño. Porque ahí estaba yo, de 96 años de edad, comiendo gelatina y esperando mi muerte, olvidado de todo, sin saber nada sin poder decidir qué vida vivir.
viernes, octubre 19, 2012
Cuestionamientos Detallistas.
Es raro, ser una persona 'detallista' en realidad te convierte en alguien despistado. He notado que cuando se cuida un detalle se descuida otro, cuando no se cuidan los detalles todo sale relativamente bien, pero sin detalles no es notorio ni agradable. ¿Qué es mejor al final, un detalle bien logrado y otro malogrado o todo bienlogrado sin detalles?.
Naturalmente todo ser humano sabe desde muy niño que somos un conjunto de múltiples errores, defectos, molestias e inestabilidades que aún así cuentan con una parte agradable. Es de conocimiento común que no todos se llevan con todos, no todos caen bien a todos. Y a pesar de eso encontramos amigos con quien es sumamente agradable estar, compartir, reír y llorar.
Así vamos ingresando a un vórtice en el que conocemos más e intimamos más con algunos amigos, que atrapan nuestra confianza. Vemos sus virtudes y valores y apreciamos su amistad. Lo paradójico es que mientras más intimamos y confiamos en alguien, más exigimos de esa persona.
Y les escribo con la mayor humildad que puedo encontrar en mí. Mientras más confía una persona en ti quiere más detalles, más apoyo y más entrega; menos errores, menos defectos y menos problemas. Y me incluyo en este grupo.
Me cuestiono, entonces, ¿qué putas con esto?.
Naturalmente todo ser humano sabe desde muy niño que somos un conjunto de múltiples errores, defectos, molestias e inestabilidades que aún así cuentan con una parte agradable. Es de conocimiento común que no todos se llevan con todos, no todos caen bien a todos. Y a pesar de eso encontramos amigos con quien es sumamente agradable estar, compartir, reír y llorar.
Así vamos ingresando a un vórtice en el que conocemos más e intimamos más con algunos amigos, que atrapan nuestra confianza. Vemos sus virtudes y valores y apreciamos su amistad. Lo paradójico es que mientras más intimamos y confiamos en alguien, más exigimos de esa persona.
Y les escribo con la mayor humildad que puedo encontrar en mí. Mientras más confía una persona en ti quiere más detalles, más apoyo y más entrega; menos errores, menos defectos y menos problemas. Y me incluyo en este grupo.
Me cuestiono, entonces, ¿qué putas con esto?.
Cuento: "Dícese de una vez en la vida de alguien"
Nunca, en mi vida, tuve la oportunidad de... ahora que lo pienso la oportunidad siempre ha existido, lo que en mi vida nunca he tenido es la intención de platicar acerca de lo que más profundamente anhelo o siento. Y no lo veo como un inconveniente, no lo estoy reclamando, ni mucho menos deseando. En fin, con esta introducción prosigo.
Siempre he sido de los que escuchan, a veces escucho lo que me dicen, a veces escucho lo que se dice, y en algunas otras circunstancias escucho lo que no debería escuchar, incluso he llegado a escucharme a mí mismo. El silencio siempre ha sido compañía de mis ideas y pensamientos, se me ha dado natural esta virtud (según muchos) de escuchar. 15 años de mi vida escuchando conscientemente han dado pocos frutos, varias amistades, algunas grandes compañías y abundantes frases, oraciones y palabras que desearía no saber. He acumulado un sin fin de experiencias auditivas.
Escuchaba a mis padres discutir, gritar, cuestionar, rezar, incluso los escuché haciendo el amor. A mi hermano lo escuché llorar, reír, conversar. Mis abuelos, oh sí, a ellos los escuchaba respirar, contar, recordar; pero sobre todo, los escuchaba sufrir. Escuché a mi perro ladrar, el más coherente de todos.
A los vecinos los escucho brincar, correr y saltar. Escucho los grillos de la noche, las polillas volar, los ronrones golpetear, escuchaba la noche. A mi novia la escucho sonreír, la escucho caminar, escucho su corazón, la escucho gozar y a veces llorar.
En ocasiones quisiera hablarles más de mí a todos ellos, hablarle de mí a mis padres, a mi hermano, a mis abuelos hubiera querido hablarles más. Hablar con los vecinos, con mi perro y hablar con la noche. Hablar con mi novia.
Siempre he sido de los que escuchan, a veces escucho lo que me dicen, a veces escucho lo que se dice, y en algunas otras circunstancias escucho lo que no debería escuchar, incluso he llegado a escucharme a mí mismo. El silencio siempre ha sido compañía de mis ideas y pensamientos, se me ha dado natural esta virtud (según muchos) de escuchar. 15 años de mi vida escuchando conscientemente han dado pocos frutos, varias amistades, algunas grandes compañías y abundantes frases, oraciones y palabras que desearía no saber. He acumulado un sin fin de experiencias auditivas.
Escuchaba a mis padres discutir, gritar, cuestionar, rezar, incluso los escuché haciendo el amor. A mi hermano lo escuché llorar, reír, conversar. Mis abuelos, oh sí, a ellos los escuchaba respirar, contar, recordar; pero sobre todo, los escuchaba sufrir. Escuché a mi perro ladrar, el más coherente de todos.
A los vecinos los escucho brincar, correr y saltar. Escucho los grillos de la noche, las polillas volar, los ronrones golpetear, escuchaba la noche. A mi novia la escucho sonreír, la escucho caminar, escucho su corazón, la escucho gozar y a veces llorar.
En ocasiones quisiera hablarles más de mí a todos ellos, hablarle de mí a mis padres, a mi hermano, a mis abuelos hubiera querido hablarles más. Hablar con los vecinos, con mi perro y hablar con la noche. Hablar con mi novia.
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