4. Almorcé a gusto, y saqué el móvil al terminar de servir mi segundo vaso de fresco de tamarindo. El hijo de la cocinera, inevitablemente preguntó por el juego, y lo abrí. Conté mi episodio de anoche, se rió de mí y reveló una verdad macabra.
3. Logré evitar la tentación de abrir el juego, en parte gracias a que hoy sí hubo trabajo en la planta, y en parte a mi estoica fuerza de voluntad. Es hora del almuerzo y me dirijo a la choza en la que tengo el inamovible hábito de almorzar. El cosquilleo del juego permanecía latente, queriendo tomar dominio de mis facultades. Pero no lo abrí.
2. A las cuatro de la madrugada me estaba bañando ya, asumiendo la derrota, lavando las heridas mentales que dejó la noche. Me alisté para ir a la planta, desayuné, caminé a la terminal y tomé el bus. Golpeado, dañado, traumatizado. Odiando al hijo de la cocinera.
1. Medianoche, me sigo quebrando. Si intento dormir pienso en el juego y si juego, el sueño no me deja pensar; atascado, sin poder descifrar el nivel 85, y sin poder dormir. Cuatro imágenes, una palabra. Estúpido juego, estúpido yo, estúpido el hijo de la cocinera.