domingo, mayo 11, 2014

Narración: "La segunda vez que te cargué"

En mi hombro derecho yacía parte del cofre de madera. Un ligero peso sobre una pequeña parte de mi cuerpo, pero te juro que cargaba con más: cargaba la presión de un pecho angustiado, de un vacío en el estómago, la piernas débiles, la sensación de caer, la humedad en los ojos, el ardor en la boca, el miedo al silencio, la quemazón en la planta de los pies, la ausencia de luz, el rechinar de las muelas, la mejía empapada...

Dejamos en ese cofre lo más frágil de ti, lo ligero de ese peso y todo lo demás que cargaba esa tarde.

Me quedo todo lo demás.

lunes, abril 21, 2014

Narración: "La tienda."

Entró a la tienda silbando ritmos de cumbia mientras meneaba las manos al aire, bailando con lo insustancial de su alegría, con el aire adulterado por su agudo aroma a ceniza de tabaco, colorado hasta las sienes, exhalando calor y una inconfundible halitosis de alcohol.

Con locomoción aún hábil seleccionó varias frituras y una leche chocolatada, admiró el canasto de legumbres y frutas maduras, cruzó el pasillo entre jabones y rasuradoras, hasta llegar a la estación de pago; mientras sacaba su billetera y botaba la cajetilla de cigarros, con una no tan pulida articulación vocal, pidió tres cervezas más; taconudas en el argot local. Hizo efectivo el pago al propietario y regresó por el pasillo, dispuesto a salir de la tienda, esta vez, al ritmo de salsa, tarareando la letra de una melodía comercial y con gestos predictivos del que fumará.

Yo seguí trapeando y el patrón viendo el partido.

martes, marzo 25, 2014

Cuento: "Causalidad casual"

Nos reímos expuestos por la tenue luz, luz densa y materializada, luz que fervientemente deseábamos oscurecer en medio del llanto interno que pregonábamos a través de ventanas vidriosas, cansadas pero atentas, ventanas cual miradas parlantes en medio de esa luz incómoda, una luz que seguía ahí, prolongando la mezcla de hielo y agua que no sabíamos si derretir o condensar. Una luz que nos detenía a través de alientos a alcohol, voces sin sentido, pláticas desentendidas, oídos sordos, tactos desesperados, deseos quebrantados, confusos, instintivos.

Nos reíamos y llamábamos.

La idea de nosotros, ahí, jamás se presentó más clara, cristalina y exhibida que en esa noche terriblemente iluminada, pero convenientemente fulgurada. La idea se manifestaba por medio de una verborragia de pañuelos, servilletas, reclamos, tropezones, descalzos, tocones, troncos, maderos, árboles, parajes, pensamientos, pensadores, construcciones ideadas, ideas, una idea presentada jamás tan clara cristalina como la de esa noche terriblemente iluminada pero convenientemente fulgurada.

El hielo se derritió.

Y ardió la madera en un vórtice de múltiples 'no' fonéticos y múltiples 'sí' físicos, físicos y epidérmicos entre pieles ilimitadas y confundidas entre dos seres juntos o un ser doble, pieles que expresaban calor y vorágines de oprobio tergiversado por un social fundamento desaprobado; pieles sensibles, cálidas e hidroxiladas. No sabía dónde empezaba ni terminábamos cada quién. Poesía practicada. Verborragias inútiles derramé en lugar de disfrutar el silencio de nuestras mentes idas.

No entendimos porqués, ni qués, ni dóndes, ni cuáles, ni cómos, ni quiénes, ni cuántos, ni nadas. Que al cabo ni importan.

¿Causamos esta casualidad?

Narración: "Delitos."

Conspiraba a la luz de la Luna múltiples maniobras para lograr cometer, lo que yo mismo, a pesar de hallarme sumergido en este delirante estado de embriaguez emocional ambigua, llamaría, un acto delictivo.

Seguramente implicaba una profunda y honda traición a la sobriedad emocional imperiosa de mi más entera inteligencia y capacidad pensante; una acción catalogada como abyecta y ruin en el contexto tradicional de mi pensar lúcido y transparente. Esta idea aguda que infecta a diario mis primeros pensamientos matutinos y mis últimas reflexiones nocturnas. Un evento cataclísmico incalculable de alto efecto sentimental.

Sin embargo me hallo acá, en el jardín eterno de lirios y tulipanes que lloran agua bendita luminosa de estrellas y polvo de luciérnagas, flores melancólicas pero fuertes, abstractas, complejas... artísticas.

El acto delictivo de cortar estas flores perennes de sus bulbos, llevarlas conmigo, ocultarlas, y dejarlas moribundas para yo dormir pensando en ti y despertar penando en ti... para después arrepentirme y arremeter contra ellas, terminar con su sufrimiento, aplastarlas y arrancarles la vida, que fallezcan con estos sentimientos hacia ti, y, así, dejarte morir para, luego, matarme.

domingo, enero 05, 2014

Cuento: "La Chiky"

Iba tarde a la U, como de costumbre.

Paso comprando, con el chiclero (era de esos chicleros que tienen hielera y todo), un cigarro, una leche chocolatada y una galleta chiky; no pensaba correr para entrar al aula si ya iba retrasado. Si voy a hacer algo cagado, que sea masivo.

Me echo el cigarrito en la entrada del edificio, puedo ver la puerta de la clase desde ahí, con la esperanza de verla vacía, la esperanza de que algo misterioso y desconocido hubiera confabulado para que no se llevara a cabo la cátedra ese día. Pero no. Ahí estaba, todo el mundo, dentro de la pinche aula.

Me termino la leche chocolatada, el último jalón al cigarro, el golpe, exhalar y caminar hacia la clase. ¿por qué? porque es derecho estudiantil el poder entrar en cualquier momento.

Mentira, me entró un mensaje en el que decía que habría examen corto al final de la clase, con cierta ponderación para el examen final.

Al entrar, hacer un gesto de 'permiso', recibir la retribución con un gesto de 'ingrese rápido y sin ruido', buscar un puto pupitre en esta confinada clase (como cosa rara todos entran a clase hoy), me logro acomodar entre dos desconocidos (casi no entro a esta clase, muy temprano), pupitre contra pupitre, codo contra codo, lado a lado.

Me relajo, abro un cuaderno, cual pantomima para tomar nota de la clase, y paso así un rato. Veo mi galleta chiky sobre la paleta del pupitre, la abro y tomo una (la que viene doble, no la que va suelta), tengo mi hambrita.

A continuación, el sinvergüenza que estaba a mi lado tiene el descaro de tomar una puta galleta y metérsela a la trompa, de lo más campante. Ay cerotío.

Me calmo, ya que no me pueden sacar de clase, tengo que hacer el examen corto. Agarro otra galleta (esta vez la que estaba suelta, no la doble) y me la como aguantándome las ganas de verguearlo. La mastico con furia paranoica. Sin embargo, dejo las galletas sobre la paleta, para retarlo, retarlo a que tome la otra galleta el pisado.

Iba a medio masticar el bolo alimenticio de galleta en mi boca, cuando el hijo de la gran diosa puta agarra la última galleta, la doble, la que viene pegada chocolate contra chocolate. La separa y me da la mitad, y todavía se sonríe. Maldito de mierda. Ya lo morongueaba pero el catedrático empezó a dictar las preguntas del examen corto.

Apresurado me puse a buscar un lapicero en mi bolsa. Pero no encontré un lapicero ahí, encontré la galleta que había comprado.

Soy una mierda. Aún hay gente talega en Guate.

lunes, septiembre 30, 2013

Narración: "Sin título ni dedicatoria ni nada, como todo."

¿Qué dicta el límite entre lo insensatamente sentimental y lo sentimentalmente insensato? Porque no sé si lo que siento es insensato o si, siendo un insensato, siento.

Una mezcla de querer amar en función de una gran culpa por haber sobrepuesto lo que ahora llamo egoísmos, sobre la entrega y el gusto de amar a expensas de lo que llamaba gustos. Un pasado disgustante en lugar de un presente culposo.

Gustos egoístas durante un amor sentimental e insensato, una sensatez de amar sobre los gustos sentimentales, un sentimiento culposo por no amar más allá del presente gusto. Una mezcla de culpa y la gana de haber sido más futuro y menos presente en ese pasado sentimentalmente insensato o insensatamente sentimental. 

Estoy vivo, como diría mi abuelita: "acá, bien jodida comiendo"; responder qué dicta ese límite al menos me llevará al diagnóstico de algo que seguirá igual. ¿Por qué la ironía psicológica de ser un sentimentalista oportunista de querer estar jodido por mí mismo y por alguien?

sábado, agosto 03, 2013

Cuento: "Trago"

La jornada había producido en todos un agotamiento psicológico considerable. Pero ahí estábamos, haciendo bromas ocurrentes y planeando dónde almorzaríamos esa tarde.

El comedor, como siempre, con olor a caldo de res y pollo frito. Cuatro almuerzos del día con horchata por favor.

Mientras esperábamos la comida platicamos sobre los temas que atravesaban nuestras mentes: unos de mujeres, otros de comida, otros de medicamentos y alguien permanecía escuchando, en silencio.

Llega el caldito de res, el pollo en jocón y las hilachas. A almorzar se ha dicho; se escuchaba el golpeteo de los cubiertos contra la vajilla barata, los huesos de pollo desgarrarse, un 'buen provecho mucha'... y un sorbo de horchata a través de una delgada pajilla que me otorgaba una deliciosa dosis de horchata bien fría... cuando repentinamente una sensación se hace presente a través de la delgada pajilla, logro percibir, entre lo líquido y suave de la horchata, algo sólido y totalmente desagradable pasando a través de la garganta hasta alcanzar el punto de no regreso. Algo raro tenía eso y me lo tragué. 

domingo, julio 28, 2013

jueves, junio 27, 2013

¿Cuál Es La Fuente De La Justicia?

Luis era mi hermano, de esos hermano del alma.

Nos conocimos en tercero básico y él era tan extraño, tan inusual, tan fuera de lo normal, moreno, pelo corto, muy corto, dientudo, de manos grandes y dedos largos, nariz chata y ojos pequeños, pero con una mirada que demostraba profundidad, intelecto. Un sujeto silencioso, serio, tímido, bastante observador y siempre le hallaba el lado bueno a cada cosa que le pasaba.

Nos graduamos en el año 2002 y seguimos caminos muy diferentes, él ingeniero eléctrico y... bueno, yo aún no sé qué es lo mío. Él toda una eminencia académica y yo un perezoso y poco dado lectura. Él muy humilde y yo, ya saben, un vanidoso. Él un trabajador asalariado y yo un mantenido caprichoso, él todo un luchador y yo un conformista, él un filántropo y yo discriminador. Luis era un hijo ejemplar, un ciudadano ideal. Lo irónico de que él fuera un muchacho así es que jamás socializaba, no vivía con sus padres desde hace mucho, lo criaron sus abuelos quienes fallecieron un par de años después de entrar a la universidad. Yo era su único amigo.

Con Luis vivimos tantas situaciones de la vida, entre risas, llantos, alegrías, tristezas, gritadas, silencios, sobriedad y ebriedad, música, videojuegos, estampillas, ideas, pensamientos. Compartíamos tantas cosas que sólo nosotros entendíamos, cosas que podrían ser superficiales, intrascendentes, estupideces y banalidades, pero eran cosas que nos hacían felices. Luis me dio los mejores recuerdos de una gran amistad, me dio mucho para aprender, me dejó la semilla de querer y poder ser una mejor persona.

En una cierta ocasión Luis me esperaba en la parada de buses porque yo iba con ya 30 minutos de retraso. Inventando excusas que bien sabía él no creería llegué a la parada de buses y nos saludamos con un apretón de manos y un abrazo. Ya teníamos más de tres meses de no salir a ningún lado juntos. Esa tarde nos dirigimos caminando al teatro, aproximadamente 1km de recorrido, nada que no hubiésemos caminado antes.

Ese día vestíamos relativamente elegantes. Luis vestía un pantalón y una camisa de lo más sencillas, peinado hacia un lado, sin corbata, sin reloj, un celular bastante deteriorado, sin billetera y nada más en el bolsillo que su pasaje, su identificación y su entrada al teatro. Yo portaba un reloj y una pulsera, cinturón de hebilla metálica, un teléfono celular de modelo reciente, nuevo y caro, una billetera de cuero con una buena cantidad de dinero. Cosa que en cualquier otra situación no hubiera tenido importancia alguna, pero que en este momento exacto sería de vital importancia.

Comentábamos un poco de nuestra vida, recordábamos buenas bromas y viejos chistes, compartimos uno que otro cigarro y muchas risas. Nos detuvimos unos minutos para ayudar a una señora a cambiar la llanta pinchada de su automóvil. Yo no quería ayudar pero Luis insistió; más tarde me enteraría que esta señora era actriz de la obra a la que asistiríamos ese día. En fin, más allá de brindar una mano a quien la necesitaba, no cruzamos más palabras. Luis y yo seguimos nuestro camino al teatro.

No habían pasado ni cinco minutos desde el incidente de la señora y su llanta pinchada cuando un sujeto con sudadero gris, la capucha puesta, pantalón holgado, piel muy morena, aliento a alcohol, tatuajes en lo que se podía ver de sus manos, acompañado de dos sujetos más a quienes no pude ver sus rostros o ropas pues venían a nuestras espaldas. Nos asaltaron a punta de pistola. Se llevaron todas mis cosas, incluso mis zapatos, me golpearon en la cabeza y en las rodillas, caí al suelo, escuché un disparo y la frase 'vos no tenés nada bueno qué darnos'.

Luis falleció en el momento. Un año después atraparon a los tres hombres, estos hombres injustos que sin darse cuenta se llevaron lo mejor que Luis tenía para dar: su vida.

Y a pesar de que están presos, a pesar de que se aplicaron las leyes penales, a pesar del tiempo, a pesar de los recuerdos, aún me siento triste, confundido, despedazado, insatisfecho, aún así es injusto.

Última mente.

En la poca vida vivida que he vivido, formé un 'criterio' (por así decirlo) de lo que sería mi manual de acción en muchas cosas. Independientemente de cuál o cuáles sean esos criterios, me convencí a mí mismo que esa era la manera más adecuada de proceder, tanto social como individualmente.

Uno se va dando a la idea que tiene control sobre su vida y sobre sí mismo. Y estos criterios, se podría decir, fueron mis pilares para logar 'control'. Me los creí a profundidad, en ellos se basaban mis acciones sobre casi todo. Y sí, me funcionaban; con sus defectos y todo, pero funcionaban. Al final, con esta idea de control, de 'buena personalidad', de 'buenos criterios', y esa serie de cosas, uno va adquiriendo una tranquilidad mental (hablando en general). O sea, las cosas salían y bien y había tranquilidad: me sentía bien y tranquilo.

Para ordenar: una serie de experiencias forman un criterio, un criterio sirve de referencia para acciones futuras, las acciones futuras salen 'bien', y uno se siente bien (o al menos satisfecho); se queda la idea de alcanzar un 'logro' a través de ese criterio y se finaliza 'bien y tranquilo'. Pudiendo ser ese logro tanto físico, espiritual, psicológico, sentimental. Lo que sea.

Ahora imaginen lo siguiente:

De golpe, sin esperarlo, alcanzar un 'logro' que no se buscaba, pero que al vivirlo, esporádicamente claro, se llega a un bienestar. Pues en este caso, la situación es permisible porque alcanzar algo bueno sin planearlo siempre cae bien ¿no?. Aunque casi cierta intranquilidad.

Ahora imaginen lo siguiente:

'Uno se siente bien'; pero se da cuenta que las acciones que llevaron al 'logro no esperado' van en contra de los criterios manejados antes; incluso, atentan contra estos. Y entonces hay una sensación de bienestar, pero a la vez, una sensación contradictoria de nudo en el estómago, taquicardia y manos sudorosas (intranquilidad).

Y ahora, hay un lío entre sensación de bienestar y sensación de tranquilidad. Me doy cuenta que realmente no he vivido gran cosa, o al menos aprendido gran cosa. Y de vez en cuando, uno de esos 'descontroles', totalmente aceptables que hay en la vida, adquiere características tan únicas...

¿Qué hace uno ahora? ¿Busca seguir sintiéndose bien a expensas de la tranquilidad o busca sentirse tranquilo a expensas del bienestar?.